Hacer escuela hoy


Capítulo V: compartimos esta reflexión de Julieta Montero, Mg. en Educación, Co-Coordinadora del Área TIC de la Dirección Provincial de Formación Docente Permanente y del campus virtual abc

2020-04-30 por Publicaciones


Son las 00:15 y suena el teléfono
-Profe, no puedo entrar al campus.
La profe huele que algo no anda bien y se queda al teléfono. Y la piba cuenta. Hace un rato se le desarmó la vida entera: su mamá está muerta, su hermano preso y ella lastimada, internada. Está sola y pide ayuda.

Este relato no es ficcional: pasó hace unos días en la comunidad de un instituto de formación docente del conurbano bonaerense. Sin romantizar la escuela ni intentar una épica heroica, en forma breve y contundente estas palabras cuentan por qué en el medio de una pandemia global no podemos dejar de hacer escuela.

Pero ¿de qué escuela hablamos cuando hablamos de escuela en la emergencia? La escuela que conocemos está fuertemente vinculada con sus edificios, sus tiempos y sus rituales, un institución moderna que sobrevive y resiste al cambio de épocas. Para algunos, esta supervivencia da cuenta de su vejez y anacronismo, del desacople entre sus objetivos y las necesidades de una realidad cambiante. Para otros, se trata de una resistencia que permite sostener lo común y construir comunidad frente al avance del individualismo, un lugar donde la sociedad pone a disposición de los nuevos todo lo que sabe para que con eso hagan el futuro que quieran.

Como sea, el aislamiento social, preventivo y obligatorio nos saca de los espacios y los tiempos habituales y eso nos pone ante la necesidad de inventar nuevos rituales, nuevas formas de estar juntos en la distancia. Y si esto solo ya es un desafío, montado a la desigualdad social que es condición de la escuela en la provincia de Buenos Aires, el desafío se multiplica. No alcanza con armar un aula virtual y mandar tarea, de la misma manera que entrar al aula y dictar una consigna tampoco alcanzó nunca para enseñar nada en las aulas de carne y hueso. Hacer escuela hoy es otra cosa.

Primero, y los que trabajamos en educación lo sabemos bien, hacer escuela es hacer un vínculo, en construir un modo de estar juntos donde nos conocemos y nos reconocemos, donde podemos aprender porque estamos y dialogamos con otros. Hacer escuela es generar las condiciones de encuentro que hacen posible enseñar y aprender. La emergencia nos encontró iniciando las clases y por eso el desafío de vincularnos es mayor, porque en muchas aulas (con muchos grupos) hay que empezar por conocernos, desde el mismísimo principio.

Segundo, hacer escuela es tener un espacio y tiempo compartido donde ese lazo afectivo y vincular sucede para que acontezca la transmisión. El aislamiento nos priva de esa posibilidad, de ese techo y de esos horarios comunes, y es necesario recrearlos de otros modos. Modos que no exijan, que no impongan, que no generen nuevas tensiones en los hogares, que no pretendan reinventar el vínculo entre familia y escuela. Modos que respeten, que cuiden amorosamente, que ayuden a organizar, que propongan salir de casa (con la mente) o hacer algo distinto, pensar como pensamos en la escuela, encontrarnos con otros que no sean los que vemos siempre. Un desafío complejo que se encuentra con la desigualdad de acceso a los medios digitales y a la conectividad, que nos obliga a buscar muchas maneras distintas de estar disponibles y encontrarnos.

Tercero, hacer escuela no es un oficio que pueda ser la misma en cualquier contexto, hacer escuela es hacer la escuela que necesitamos hoy. Y hoy la prioridad es la salud pública, es el bienestar y cuidado. Hoy no podemos seguir enseñando como si nada hubiera pasado, como si lo único que hubiera cambiado es el escenario. Hoy tenemos que hacer escuela preocupados por el otro, sabiéndonos Estado presente en los hogares ahora más aislados y también más vulnerables que antes. Estar atentos, esperar la respuesta, buscar a quién no se contacta, conversar mucho más que dictar y corregir.

Hay muchas otras cosas más que hacen escuela a la escuela, pero ya con esto podemos avanzar. El trabajo es mucho y es claro que tenemos que discutir los límites y las condiciones que supone para cada uno de nosotros como trabajadores de la educación y como colectivo docente. No es una discusión menor y es necesario darla. Pero hay cosas para rescatar de todo esto que están pasando y que tenemos que reconocer como oportunidad.

Una es la inmediata, voluntaria y colorida respuesta de los y las docentes para sostener la continuidad pedagógica desde el primer día de cuarentena. Después de esto, difícilmente alguien podría sostener frugalmente que la escuela no puede cambiar, que los docentes seamos vagos o que en el sistema educativo sin normas no hay respuestas. La maravillosa multiplicación de estrategias para seguir enseñando no pasó desapercibida para nadie.

Otro elemento a destacar de estos días y seguramente asociado al punto anterior, es la centralidad que la escuela ha tomado en muchas conversaciones cotidianas y en los medios: la escuela está en la agenda pública. Y también lo están los pedagogos, muchos de los cuales pusieron a circular la palabra en artículos periodísticos, reflexiones blogueras y videos en pantuflas. Gabriel Brenner, Daniel Brailovsky, Philippe Meirieu, Flavia Terigi e Inés Dussel son algunos de los que más circularon, pero hay muchos más. La pedagogía está en agenda también.

Tal vez sea bueno entonces aprovechar la oportunidad para reimaginarnos. Pero no porque el proyecto escolar ya no responda a las exigencias del mundo actual sino, al contrario, porque la escuela es el territorio donde apostamos al futuro, donde los grandes y los chicos compartimos el espacio público en el marco de un proyecto que es de todos y para todos ¿Queremos, después de la pandemia, que el proyecto sea el mismo? Es otra una discusión para dar. Lo que es seguro es que en estos tiempos extraños que transitamos, la escuela se instala más que nunca como institución necesaria, que permanece disponible y atiende el teléfono a cualquier hora. Una institución que, aun vieja, sabe escuchar, mirar, abrazar y cuidar. Que no se nos olvide nunca, pero nunca.

Mg. Julieta Montero, abril 2020.